Del Estado de Derecho al de corrupción total

El espectáculo que muestra la prensa de en lo que se ha convertido el recinto legislativo, unos con sombrerito de lona, o chonete, los otros con una especie de camiseta con lemas, no puestas sobre el cuerpo, sino colgando de las curules, dando el espectáculo de una nueva visión de cuartería, indigna de ellos mismos como representantes que son de la ciudadanía. Para homologarlos, habría que brindarles los extraños sombreros de los ciudadanos y las ciudadanas, que se ponen el día del tope, y que usan una vez al año, más sillas y mesas, salchichón, carne asada, guaro en pachita, whisky, todo en media calle mientas aspiran el aroma de la boñiga de los caballos y a los caballistas les alzan cervezas y boquitas. Todo representado en ese igualitarismo hacia abajo en que pareciera haberse convertido el país, y que nos empuja soñadoramente hacia el chinamo total, con música de los Tigres del Este y con el carácter de falsete ranchero en que pareciera haberse convertido el discurso político en nuestro país.

Por eso les resulta pertinente presentar proyectos de ley como el que viene a modificar el carácter de la Fiscalía General de la República, que es tan extravagante que no se le ve un futuro viable más que en el archivo. Pero su destino final no interesa tanto sino su presencia actual, que nos muestra una cara de la moneda de las aspiraciones de algunos para pasar, lentamente y con visos legales, del Estado de Derecho, que defendemos todavía algunos, al estado de corrupción total, que sería el sueño de muchos para seguir haciendo de las suyas en su relación estado-clase política.

Sería perjudicial para la salud mental colectiva, tomar en serio lo que acontece en el país, por lo cual los programas de humor tienen alta escucha, si a lo que allí se oye pudiera llamarse humorismo y no improvisación, algunas veces genial por lo disparatado, otras veces horrorosas calistenias del lenguaje, medianamente convertidas en interjecciones jocosas, de las cuales acostumbran reírse ellos mismos.

Una somera lectura del proyecto de ley nos permite comprobar la incompetencia del, o los proponentes, vacua copia de algún expediente de otro país, traído para darle un toque de globalización fortuita y seguir en la campaña contra el señor Fiscal General, el cual ha realizado su trabajo de manera satisfactoria para la mayoría de los costarricenses y cuya participación en la vida ciudadana le ha dado realce a la Fiscalía, a pesar de sus enemigos personales, institucionales o políticos. Pero nada de esto debe extrañarnos en un tiempo al que se refirió alguna vez Herman Hesse, el autor suizo-alemán, como de la época del folletón, en donde los guiones históricos se escriben con la peor prosa del mundo y contenidos que se entrelazan hasta volverse antagónicos entre sí.

Sobre el caso de la Defensora de los Habitantes y su actividad competente, audaz y llena de iniciativas ya está de seguro en la mira de los políticos, que la eligieron, dada su actitud independiente, polémica algunas veces, todo sintetizado en el brillante informe sobre la no conveniencia de aprobar el acuerdo de libre comercio, y tener sobre éste, y otros asuntos, puntos divergentes pero necesarios para remozar la vida institucional del país.

Resulta descabellado pensar que en el país solo debe prevalecer una opinión, tenida como paradigmática y uniforme. No todos pensamos igual a quienes cree tener la razón y la oposición, que denota también un mandato de un sector de costarricenses, debe ser entendida como tal, y no la genuflexión para compartir ideas en las que no estamos de acuerdo. Todo esto puede percibirse en la nueva generación de postulantes a puestos, signados por el dedo del Gran Titiritero, que solo busca prebostes o ciudadanos cuya columna vertebral se haya convertido en gelatina y solo muestren un punto de vista unilateral, fijo, más allá aún de la testarudez voluntariosa. Los puntos de vista pueden, y deben ser divergentes, en muchos aspectos. Las leyes pueden ser mejoradas, cambiadas, discutidas y rechazadas o aprobadas, según sean los puntos de vista de quienes las estudian y someten a escrutinio.

Del precario Estado de Derecho a la corrupción total, en cuanto a ideas y maneras de ser y actuar, solo hay ya una línea divisoria que se diluye sutilmente. La diferencia entre lo grande y lo achicado es algo que el país ha estado viviendo desde 1995, cuando se dio el Pacto de la Vergüenza, y se pretendió, ilusoriamente, que todos deberíamos pensar igual y que el ámbito político-legislativo se convirtiera en un jardín y no un campo de discusión de ideas.

Todo el sentido de la república mediática le da a nuestro país, y pareciera que es un fenómeno mundial, un escenario donde lo irrisorio se transforma en trascendente y las palabras son mentiras esbozadas para engañarse, primero a sí mismo, y proyectar el embuste a las grandes multitudes, a las cuales se les ofrece el pan y circo que da paso, y legitimidad, a la república del espectáculo.

Todos, casi, sabemos que los grandes problemas del país son la seguridad personal y colectiva, la magnitud del tráfico de drogas, la legitimación de capitales, la especulación inmobiliaria, la creación de enclaves extranjeros, desde gansters con rostro de refugiados hasta la conversión del país de una república, más o menos digna, a una auténtica repútica en el cual el turismo sexual es su mayor gancho publicitario.

Se privilegian los índices económicos, la mayoría en el papel, mientras los precios de los artículos básicos suben hasta las nubes y las tarifas de servicios públicos, y privados, se expanden continuamente.

De allí el pan y circo. La vulgaridad intronizada como valor, las rumbas, festejos, saraos, fiestas y promociones para hacer que un sector de personas, no el pueblo auténtico, caiga en la narcolepsia del consumismo y del dinero y el crédito fácil.

Tal vez podamos pensar que, en esto de los chonetes por un día, nos quede la idea de que los auténticos labriegos costarricenses usan sombrero de verdad y que a las peonadas, para diferenciarlos de los gamonales, les fueron impuestos estos choneticos, muchos de ellos calzados en la cabeza a disgusto.

Para no hablar de los trajes típicos, o las togas abirreteadas, con que pretenden diferenciarse algunos, en si singularidad populachera.

Fuente: La Prensa Libre

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