La miseria de Oscar Arias

Nos debatimos ante la alternativa de dejarnos atrapar por el proceso imperial de anexión y sumisión o asumimos, por nuestra propia cuenta, las decisiones fundamentales del Estado Nacional.

Óscar Arias representa, en este preciso momento, la punta de lanza de las fuerzas anexionistas. Él encabeza a los grupos económicos nacionales y extranjeros, que exigen la aprobación del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos.

A pesar de enarbolar un premio Nobel de La Paz, Arias está a punto de sumir al pueblo de Costa Rica en una confrontación cuyas consecuencias y desenlace nadie está en condiciones de prever. Lo cierto es que la polarización social avanza y el país se encuentra dramáticamente dividido entre la pequeña minoría plutocrática que lidera el propio Oscar Arias, y las grandes mayorías nacionales que incluyen a los trabajadores manuales e intelectuales, a los empresarios patriotas, a los agricultores y a las juventudes de Costa Rica.

Este es el contexto, el escenario en que el actual Presidente, cuya legitimidad resulta más que dudosa, la emprende contra el Presidente de Cuba Fidel Castro y contra el proceso revolucionario de esa nación hermana. Los ataques ni siquiera se ubican en el terreno ideológico, asunto difícil para un hombre que tiene tan pocas ideas. Arias solo se sumerge en el viejo y maloliente albañal de la Guerra Fría.

Lo interesante aquí es preguntarse ¿por qué lo hace; qué han hecho Cuba y Fidel para suscitar en Óscar Arias tanto escozor y tanta virulencia? ¿cuáles son las razones de fondo que lo impulsan de manera tan reiterada y torpe a emprenderla contra un hombre y un proceso que se han ganado el respeto de pueblos enteros y de los hombres y mujeres más eminentes de la tierra?

Por supuesto que nadie puede creerle a Oscar Arias cuando habla de paz y democracia. ¿No viene acaso llegando de Washington donde departió sin ruborizarse con un déspota tan estúpido y cruel como Nerón? ¿Qué le dijo a Bush? ¿Qué reclamo le hizo por los 3000 jóvenes estadounidenses enviados por él a la muerte en virtud una mentira; por las decenas de miles de iraquíes inocentes asesinados con sus bombas inteligentes; por la destrucción inmisericorde de Faluya; por los maltratados, vejados y torturados de Abu Graiv o de Guantánamo; por las cárceles secretas alrededor del mundo o por sus astronómicos gastos en armas y otros medios de destrucción masiva? ¿Qué reclamo le hizo el premio Nobel de La Paz a ese campeón mundial del dolor y la muerte?. No le dijo nada. No le reclamó nada. Sólo fue pedir. Convirtió su premio Nobel en un azafate para que Bush depositará en él algunas migajas.

Pero vuelvo a preguntar ¿Fue sólo por congraciarse con Bush y obtener algún modesto premio por lo que se lanzó contra Fidel y contra Cuba? ¿No habrá otra razones de fondo por las que Arias se sienta obligado a pagar el altísimo precio de un servilismo ostensible? ¿Qué piensa obtener a cambio del desprestigio mundial que le acarrearan esos ataques? porque Arias tiene, naturalmente, todo el derecho de discrepar de Cuba, de Fidel y el socialismo cubano. Pero las cosas que Arias dijo, sólo se atreven a expresarlas un reducido y desacreditado núcleo de extremistas de derecha, de terroristas confesos y filo fascistas, atrincherados principalmente en Miami.

Oscar Arias continúa profundamente aislado de la parte más noble y sana del pueblo costarricense: de los jóvenes, quienes incluso lo expulsaron de la Universidad; de los intelectuales honestos con quienes no debate ni discute; de los pequeños y medianos agricultores, a quienes el TLC amenaza con hundir en la ruina; de los maestros, de más del 75% de electores que no votó por él, de la inmensa mayoría de sacerdotes y creyentes, cristianos auténticos, quienes no comulgan con las ruedas de molino del neoliberalismo rampante. Y ahora, con la bajeza de sus declaraciones se separa radicalmente, de esa Nuestra América, la de Simón Bolívar, San Martín, O Higgins, Eloy Alfaro, Juanito Mora o José Martí, la América Latina progresista, la de los millones y millones que han decidido romper con el servilismo, con la cobardía, con la mentira, con la injusticia y a cuyos dirigentes honestos y valientes, ofende Oscar Arias de manera absolutamente gratuita.

Arias, a quien parecen preocuparle tanto los entierros, puede estar absolutamente seguro que vendrán a cargar su féretro la gavilla de bandidos, delincuentes y mercenarios que viven del negocio, bien pagado, de la contrarrevolución. Y del mismo modo como no encontraron una virgen en la corte de Francia para coronar a Napoleón, tampoco aparecerá en el mundo, un hombre justo que le haga una oración fúnebre.

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