Tunez y Egipto: Rebeliones de ida y vuelta

Se trata de un hecho esperado debido a la notable falta de correspondencia entre los niveles de desarrollo económico o de ingresos por concepto de exportaciones petroleras, con el atraso institucional expresado en la existencia de sistemas políticos o regímenes antediluvianos que, con pocas excepciones y dudosas coberturas ideológicas, caracterizan a casi todo el Medio Oriente, parte del Magreb y África del Norte

Aunque es difícil creer que tal cosa ocurra, la espontaneidad parece caracterizar a movimientos que sin apenas debates ni concertación visible, aunque con un valor y una determinación inimaginable semanas atrás, han lanzado a las calles de las ciudades de Tunez y Egipto a grandes masas que parecen no limitarse a la sustitución de las figuras principales ni conformarse con cambios cosméticos, sino que avanzan hacía metas difíciles de aquilatar.

Aunque a nadie debe extrañarle que en algún momento, en un sentido u otro y con razones o sin ellas, se invoque al Islam, las verdaderas causas de las revueltas hay que buscarlas en el atraso político que caracteriza a casi todos los países de una región donde la democracia (cualquiera que sea su forma) jamás se ha desplegado y donde las libertades básicas nunca han sido respetadas. Si algún ejemplo hiciera falta, la situación de discriminación y exclusión de las mujeres y las niñas sería un botón de muestra.

De lo ocurrido, en Tunez y Egipto es imposible culpar a occidente, menos aun al comunismo y tampoco al Islam, las causas y las consecuencias del actual estado de cosas son endógenas, se han gestado en los últimos sesenta años, se asocian a la falta de evolución política posterior a la independencia, y se vincula a un ejercicio autoritario y corrupto del poder.

Aunque usualmente se ofenden cuando se les menciona, muchos estados árabes y sus elites dominantes han llegado al siglo XXI y a la era de la sociedad global de cuyas ventajas tecnológicas, lujos y fastuosidades, financiadas por los dones del petróleo disfrutan con absoluta naturalidad, con sistemas políticos virtualmente tribales.

Algunos de los puristas que abogan por aplicar implacablemente interpretaciones torcidas de presuntas leyes islámicas, llevan una vida de lujos y extravagancias que ofenden el sentido común. Crean pistas para esquiar sobre hielo en el desierto, gustan de la buena mesa, degustan los más finos vinos y manjares, son asiduos a los casinos y lupanares más caros del mundo y cabalgan sobre las más caras prostitutas del planeta.

Exceptuando las grandes operaciones tipo 11/S, que obviamente carecen de motivaciones confesionales, las expresiones cotidianas de intolerancia y los actos de violencia no ocurren por el rechazo del Islam a los credos cristianos, ni tienen lugar contra occidente, sino que se deben a pugnas entre las propias corrientes islámicas y entre camarillas políticas que se valen de la fe religiosa como excusa para oprimir y negar los derechos a sus propios pueblos.

En el mundo moderno, independientemente de otros significados, la fe religiosa, incluyendo el Islam, es un hecho cultural, una concepción de la existencia asumida por personas cultas y políticamente avanzadas que ha dado lugar a la convivencia entre las religiones y los credos.

La tolerancia religiosa, la libertad de cultos, la igualdad de géneros, la pluralidad cultural y el respeto a los derechos humanos, ausentes en algunos países árabes gobernados por clanes primitivos y conservadores, derechistas y reaccionarios, no son adornos de la democracia, sino componentes esenciales de ella.

El modo como el presidente Hosni Mubarak cree poder manejar la crisis enviando los tanques a las calles y plazas a la vez que, por vía tecnológica, silenciaba los teléfonos móviles, impedía la circulación de correos electrónicos y borraba a Egipto del mapa de Internet, originando el más grande apagón tecnológico que se conozca, evidencia a qué le teme y cómo cree posible administrar la crisis impidiendo que los ciudadanos egipcios se informen, se comuniquen y coordinen sus acciones

Obviamente las revueltas en Egipto y Tunez, como tampoco en Yemen que pueden extenderse a Arabia Saudita, Jordania y otros países, no han sido fraguadas en Washington por el simple hecho de que a Estados Unidos ni a Israel les convienen eventos que no pueden conducir y afectan a algunos de sus más sólidos aliados. Estos movimientos tampoco pueden atribuirse a Teherán o Damasco que, más que beneficiarse pueden ser seriamente perjudicados con un clima de reclamo y de apertura democrática.

No obstante, tanto para tirios como para troyanos, lo más preocupante no es el origen de las manifestaciones, sino su evolución que pudiera llevar agua al molino de fuerzas latentes en el Egipto, el Medio Oriente y África del Norte, cuyo acceso al poder sin ser favorecido por las masas o por las elites puede consumarse.

El peligro real no radica en que haya caído Ben Alí o que en las próximas horas caiga Mubarak o rueden las testas coronadas de los reyes árabes, sino en lo que puede venir después, que al parecer nadie sabe qué y cómo será. Allá nos vemos.

*especial para ARGENPRESS.info

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