Costa Rica no es un Estado fallido gracias a las reformas sociales

En estos tiempos de predominio ideológico neoliberal, cuando ciertos empresarios se refieren a las “garantías” sociales con el mote de “cargas” sociales, como para decir que hay que eliminarlas, conviene como nunca reflexionar sobre lo que han significado las conquistas del pueblo costarricense liderado por Rafael Á. Calderón Guardia, monseñor Víctor Sanabria y Manuel Mora. La Caja Costarricense del Seguro Social fue iniciativa principalmente de los dos primeros. El Código de Trabajo y las Garantías Sociales, también iniciativa del Doctor y del Arzobispo, recibieron un impulso adicional del líder comunista. Mérito indiscutible de José Figueres Ferrer y los suyos fue negarse a abolir las reformas (consta en sus memorias que grupos ligados al gran capital le ofrecieron sostenerlo indefinidamente en el poder a cambio de derogarlas). Además, Figueres suprimió el ejército como institución permanente y creó instituciones estatales como el ICE y la banca nacionalizada.

El conjunto de reformas del decenio de los cuarenta –apenas recordado en estas líneas- creó una Costa Rica próspera que dio salud, electricidad, telefonía, agua potable, educación primaria y secundaria para gruesos sectores de la población, acceso a la universitaria, justicia laboral y una relativa paz social. Esa Costa Rica lucha por sobrevivir, por adaptarse a las nuevas circunstancias. Siempre habrá capitalistas que quieren comprar las empresas estatales que producen ganancias, a precios de quema.

Otros proponen reducir el aparato estatal a cualquier precio, sin reparar en las consecuencias sociales tan visibles en los países hermanos. Propugnan un neoliberalismo extremo, con el viento a favor de los organismos financieros controlados por los Estados Unidos.

Un buen método para valorar el beneficio que el conjunto de reformas sociales de los años cuarenta trajo y trae a la Patria, consiste en comparar la situación de Costa Rica con la de sus países hermanos: El Salvador, Honduras y Guatemala. (La situación de Nicaragua requiere un análisis separado que no cabe aquí). Sin exageración, se puede decir que los tres primeros países tienen estados fallidos. Se suele responsabilizar de ese caos a las maras, pandillas juveniles que se organizan al margen de las costumbres, la moral y as instituciones tradicionales, heredadas del pasado, pero a mi juicio las maras son más el efecto que la causa. Los muchachos son los menos culpables. Los principales culpables son los empresarios oligárquicos que nunca permitieron inversión social e impusieron gobiernos cuyo principal brazo de intervención social es el ejército.

Las pandillas juveniles son hijas de un aparato estatal carente casi por completo de instituciones de bien social. Tal ausentismo social ha producido un vacío que llenan las maras. No por supuesto con obras de beneficio social, sino con una especie de estado paralelo que copia el modelo represor, terrorista y machista del aparato estatal-militar. En efecto, controlan amplios territorios, cobran “impuestos” a prácticamente todas las empresas mediante la extorsión, acambio de no hacerles violencia física, realizan su propia justicia (¿?) y paso a paso van destruyendo todo el tejido social, incluidas pequeñas y medianas empresas, con el consiguiente aumento del desempleo.

Las refriegas interminables entre las diversas maras y con el ejército originan una guerra incivilque pronto que va a superar el número de caídos durante la guerra civil de los años ochenta. Los costos que las empresas tienen que pagar para mantener una seguridad insegura, sonestratosféricos. Tomen nota los empresarios nacionales. Guardias armados, en realidad pequeños ejércitos particulares, dotados de escupe-balas de grueso calibre, torres de vigilancia, controles de ingreso, etc. Nadie está seguro, y todo el mundo porta armas de fuego. Ya eso no es vida.

Los gobiernos aplicaron la mano dura (represión y juicios perentorios) y cuando esta fracasó, la mano súper dura. Solo les falta enviar vehículos blindados y helicópteros artillados contra los barrios pobres. De todos esos horrores nos viene salvando la reforma social de los años cuarenta.

¡A defenderla y ampliarla, trabajadores! ¡A desfilar este primero de mayo!

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